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La imagen del "viejo verde": derribando mitos sobre la sexualidad en las personas mayores


La imagen del "viejo verde" en la literatura: derribando mitos sobre la sexualidad en las personas mayores[1]


Existen muchos mitos y prejuicios en la sociedad actual en torno a  los adultos mayores, como la creencia de que vuelven a ser como niños, que todos son mañosos o que en su mayoría son dependientes y frágiles, pero sin duda un mito y un tabú es el vejez o adultez mayor asexuada.  Estos mitos tienen relación a las imágenes culturales que priman en las diversas sociedades acerca de las personas mayores. El mito de que los mayores ya no viven su sexualidad, o que no deben vivirla, se observa a diario en la  sociedad occidental donde se escucha en más de una ocasión el término “viejo verde” referido a la persona mayor de sexo masculino que desea conquistar mujeres más jóvenes. Este concepto tiene un tono satírico, burlesco y peyorativo, y es usado para hacer chistes en torno al tema.

Este término hoy negativo y caricaturesco, al contrario de lo que se piensa, no tuvo en su origen un significado peyorativo, por el contario ser un viejo verde, por el siglo XVI, era muy satisfactorio pues con ello se quería decir que el hombre que conservaba su vigor y lozanía.

A partir del siglo XVII y particularmente en castellano, se le fue dando una connotación obscena, al término, que tanto en italiano como en francés conserva aún su sentido favorable.

Sin embargo, más allá del concepto del viejo verde, parece ser que a lo largo de la historia y a través de la literatura, la vejez en general ha sido considerada incompatible con el amor carnal.

          Ya antes de la era cristiana, Horacio escribía, que "el amor huye de la vejez…" y “ni mujer, ni adolescente, ni crédula esperanza de mutuo amor me agradan ya en la senectud".

En la literatura española desde Cervantes a García Lorca encontramos varios refranes en torno a vejez y sexualidad que denotan la incompatibilidad entre ambas: “Vejez con amor, no hay cosa peor”; ”Viejo que se enamora, cerca tiene la última hora”; “El amor es gala en el mancebo y crimen en el viejo”; “El amor es fruta para el mancebo, y para el anciano, veneno”; “Viejo con moza, mal retoza”; “Vejez enamorada, chochera[1] declarada”; “El viejo verde, sólo en la sepultura lo pierde”.

Así se puede seguir encontrando a lo largo de la literatura esta imagen negativa de la sexualidad en el hombre mayor. Sin embargo existen 2 textos de los siglos XX y XXI que nos hacen reflexionar más profundamente sobre el amor y el sexo en la vejez: “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata, del año 1961 y el libro Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, del año 2004.

En Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez, el protagonista es un hombre, nonagenario ya, que se autodescribe como “periodista mediocre y mal escritor”, y que gasta su tiempo entre los recuerdos de una vida bohemia y sola, y los malabares para sobrevivir con una exigua pensión y el escaso pago que recibe por la columna que escribe desde siempre en un diario. El hombre al cumplir los 90 años comienza a sentirse solo y agobiado por el paso de los años, y  decide celebrar su cumpleaños 90 acostándose con una joven  virgen. Llama entonces a la dueña de uno de los prostíbulos que antes visitaba con frecuencia, pero ésta le manifiesta la dificultad para satisfacer su antojo diciéndole que “los únicos virgos que quedan son los de agosto”.  Finalmente le encuentra una candidata de apenas 14 años, lo cual no le importa. A la hora acordada el protagonista acude ansiosamente rumbo al burdel, y al entrar en la habitación se encuentra con una niña dormida, agitada por el calor, que no se da por enterada de su presencia. Él se queda velando su sueño toda la noche enternecido por la cercanía de de la niña-mujer y al amanecer se va del lugar dejándole sobre el velador todo el dinero que tenía.  Así  suceden varios encuentros con la niña dormida y él contemplándola y diciéndole  versos y cánticos al oído, sin concretar el acto sexual.

Podría creerse, que un “viejo” de noventa años que pretende celebrar su aniversario acostándose con una niña virgen de catorce años, no es sino un “viejo verde2, libidinoso y depravado, pero no es así, el tiene consciencia de su vejez lo expresa al decir “…empecé a sentir el peso de mis noventa años, y a contar minuto a minuto los minutos de las noches que me hacían falta para morirme”, sin embargo, no por ello va a dejar de darse la oportunidad de amar por primera vez: “Hoy sé que no fue una alucinación sino un milagro más del primer amor de mi vida a los noventa años”. Al final personaje contra toda imagen de lo que debería ser y sentir a los ya 91 años, se deja llevar por el sentimiento de amor hacia la muchacha que él a denominado como Delgadina: “Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años”, dice justo al cierre del relato.

Por otra parte el libro El palacio de las bellas durmientes se desarrolla en una posada, situada a las afueras de Tokio, donde unos “viejos” adinerados se entregan a un "último placer": pagan por la compañía de bellas y jóvenes damas que duermen desnudas junto a ellos bajo los efectos de poderosas drogas. Estos caballeros pueden disfrutar de la presencia de las muchachas, pero cumpliendo con una serie de exigencias: no pueden mantener relaciones sexuales con éstas, no deben despertarlas y no pueden estar más de una noche con la misma mujer. Es de este modo como el protagonista Eguchi, hombre casado de 67 años, se ve tentando por lo relatado por algunos conocidos que van a esta posada y decide probar este inusual servicio.

A diferencia del protagonista de memoria de mis putas tristes, Eguchi sí ha amado, ha tenido esposa y un largo recorrido amoroso que evoca a lo largo del texto, cada joven dormida le hace recordar un pasaje de su vida. Eguchi se siente aún un hombre que es capaz de “usar a una mujer como mujer” como el relata, a sus 67 años no ve en sí mismo la imagen de vejez asexuada, por el contrario parece ser en esta sociedad oriental que la pasividad sexual en un hombre es políticamente incorrecta, vergonzosa y debe mantenerse en secreto.

Interesantes textos para revisar y reflexionar ¿Cuál es la imagen de la sexualidad en la adultez mayor que hoy tenemos? ¿Es para nosotros un viejo verde el hombre mayor que se fija con fines amorosos en una mujer más joven? ¿Creemos que el sexo se muere con los años?

A mi parecer, y esto es una opinión personal, pero también como profesional que ha trabajado más de 7 años en gerontología, nosotros nacemos y morimos sexuados y  la capacidad de amar a un hombre o una mujer nunca muere, ni siquiera con los años. Existen muchos  mitos y estereotipos sobre la sexualidad en la vejez que en varias ocaciones se vuelven una profecía autocumplida, y los mayores dejan de lado la posibilidad, de rehacer su vida una vez que enviudan, por ejemplo. 

El amor y la vivencia de la sexualidad son algo natural en la edad adulta, tengamos 30, 50 u 80 años. Muchas veces nos tapamos los ojos para no ver lo que no nos gusta ver.  Yo creo que hay que mirar lo bonito del amor en todas las edades, mis abuelos llevan 55 años de casados y son muy felices, mi tata aún le dice a mi abuela que tiene "buenas piernas" con una pícara mirada, a mi me parece genial. Los profesionales no podemos negar la existencia del deseo y la vivencia de la sexualidad en los mayores, ya que es una realidad, debemos informarnos sobre el tema, debartirlo y atender a nuestros clientes-pacientes-beneficiarios adultos mayores con el respeto que se merecen, no olvidando que estamos frente a adultos y no a niños, y respetando también los temas personales que desean o no tocar.

Y en relación a los mayores: no nos dejemos llevar por los estereotipos, mi invitación es a ir desmitificando ya y construyendo una sociedad para todas las edades, sin prejuicios.


[1] Extracto de ensayo presentado por quien suscribe para el Diplomado en Artes, Medicina y Salud UC. 

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